
Ayer decidí darme la revancha de aquel fiasco experimentado en el Galeón hace algún tiempo ya.
Volví y me adentré en aquel mundillo de puesteros del Mercado Central de Santiago… -y cual salmón regresando al origen-, busqué con impetuoso afán, y deseoso de salir “lleno” de felicidad.
Llegué a temprana hora. La gente recién asomaba la naríz por las distintas entradas, cuando yo ya estaba sentado frotándome las manos a la espera de mi Merluza frita, con tomate y ají verde.
Alejandro…, un atento y maseteado anfitrión, fue el encargado de hacer correr por la mesa el pan calientito, la mantequilla y el pebre, mientras la añorada pieza de pescado hacía su aparición.

(La cocina a este nivel se caracteriza por su tosca presentación y falta de toda clase de rituales de órden culinario. Pero está llena de sabor, picardía y sazón…, a precios casi ridículos para los bolsillos de los turistas).
Les prometo que gocé cada bocado.
La fritura sequita y crujiente…, (perfecta). Dentro…, la carne blanca, suave y de un sabor inmejorable. Todo por $2.500 (unos 5 dólares), con bebestible incluído.
El lugar se llama “la joya del pacífico” y sólo puedo agregar que lleva muy bien puesto su nombre.

