Isla Negra.

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Nunca me gustó la poesía. Debe ser porque la primera vez que escuché a la Mistral o a Neruda, sentí terror y rechazo a esas voces salidas como de ultratumba. Sin embargo mi naturaleza nomade, de gitano, patiperro… me llevó a conocer además de la tierra de la poetiza, una de las casas del Poeta. Isla Negra. Allí recorrí sus rincones, dentro y fuera. Su habitación tan especialmente orientada hacia el norponiente. Sus dependencias llenas de colecciones; botellas, caracolas, mascarones de proa. Sólo al final del día me senté tranquilo a digerir mi aventura y saboreando un congrio con salsa de machas, supe por qué Don Pablo fue un gran sibarita enamorado de lo que el mar depositaba en su mesa.

En aquella casa se hicieron grandes fiestas… “en las que lo que aportaban los amigos era determinante”. (según dejan entrever algunos fragmentos leídos en “A la mesa con Neruda”).

“Se comía muy simplemente; abundaba el arroz graneado, las papas hervidas, todo tipo de ensaladas de la temporada, alcachofas, frutas y siempre muchas marraquetas que se ponían sin cortar sobre la mesa. (…) frecuentemente se comía carne mechada, estofado de vacuno, pollos asados, a veces longanizas chillanejas que le mandaban del sur a Pablo, y muy habitualmente empanadas de horno. De postre se servía fruta, dulce de membrillo, que a la hormiga le recordaba el dulce de guayaba, y a menudo huesillos con mote”.

Recomendado absolutamente. Visita obligada, cargada de satisfacciones para quien se atreva.

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