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Olor a Otoño..

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Se fué Marzo, y con él la muchedumbre. El fin del verano dejó atrás el ruido de restoranes ataviados de furibundos y alegres turistas. La masa retornó a los edificios, al cemento, a los caseríos.

El cambio de estación trajo consigo nuevos desafíos. Ahora en el campo de la publicidad…, y de un momento a otro me vi montado sobre el gran gallo cacareante.

Una campaña ya entregada, un festival de cine y otro de música étnica ad portas, una negociación pendiente y clases en un Instituto Profesional a futuros comunicadores me tienen al borde del colapso. Pero el estrés me encanta.

Debido a esto todo será más lento, mi día comienza a apretarse y el tiempo libre será un lujo a repartir entre todas mis pasiones. La cocina no se escapará. Saldrá perjudicada, pero sólo en la forma y no en el fondo. Ahora se transformará en mi regulador. En mi terapia. Se hará más necesaria.

“Oma Cecilia” at work.

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Hace un par de horas toqué puerto después de 2 semanas de “fábula” por el sur de Chile y Argentina.

Subí unos 5 kilos y no me arrepiento.

De tanto andar de restorán en restorán, cafeterías, barbacoas y demases…, ahora debo correr el gancho del cinturón un par de agujeros más hacia la izquierda, (de todo aquello escribiré y graficaré apenas recupere el sueño y el aliento).

Cada lugar fue tocado por la magia de algún alquímico cocinero y por supuesto una de las responsables de mi “nuevo look”, fue mi abuela y sus Ravioles rellenos de espinaca, morcilla alemana, queso emmental y salsa tuco con carne de cerdo.

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Y no podía ser de otra forma…, “cuando saboreas una masa que parece terciopelo derritiéndose en la boca, con un relleno suave y una salsa vigorosa”… los complejos desaparecen y el efecto calórico se hace sentir.

Dos platos bastaron para dejarme sin habla.

Viaje al sur.

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La próxima semana será para no olvidar. Para poner en un libro de recetas. Para escribir en un diario de vida y de aventuras.
Me voy al sur… a mi terruño. Regreso a la tierra de los recuerdos. A la magia de los lagos, islas y pueblitos. Su arquitectura de cuentos. De míticos personajes y fabulosas historias. Me voy a visitar a mi abuela… (ella también es como sacada de un cuento), ya verán.
Deambularé por pequeños y pintorescos restoranes. Me tentaré con küchen de frambuesas, de grocellas, de murta…, o con un Strudel de manzana.
Al pie del Volcán Osorno o sumergido en mitad de un bosque Puertovarino fumaré un habano a la espera de un salmón ahumado o de un cordero al palo con repollo azul y papitas nuevas con mantequilla. MMMMmmmmmm, y esto recién se pondrá bueno cuando me dirija al mercado en busca del famoso pastel de jaiba de “el gordito”.
Quedará todo registrado. Compartiré mis festines con todos quienes quieran hacerlo… aquí, en la bitácora de mi viaje culinario.

Año Nuevo en el mar.

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Con esta vista recibí el 2007. Rodeado de quienes más quiero y cocinando…, era que no.
La verdad es que la ubicación del lugar (departamento de mis padres), no tenía “nada que ofrecer” salvo una visión de 180° de costa, 8 puntos de lanzamiento y 25 minutos de fuegos de artificio inmersos en un marco urbano “de pelos”.
Para tratar de emular en algo semejante escenario, hice lo mio y propuse un festín más bien sobrio. Sencillo, pero fuerte en sabor y rústico en presentación.

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Bocaditos de pinzas y carne de Jaiba; camarones ecuatorianos salteados en ajo, merkén y cerveza lager; hilachas de pollo a la crema con frutos del huerto, y aceitunas de azapa marinadas en oliva, pimientos, ciboulette y gotas de lima, prepararon el camino. (Montados todos sobre costras de molde blanco e integral). Le siguieron mini brochetas de filete de res, ave, pimientos y hongos.
Galletitas y resabios navideños pusieron la nota dulce… (menos trabajo para el cocinero). je je

Los dejo con las fotos y los deseos de un comienzo de año fructífero, y que alcance para todos..!

Jimmy & Grandma.

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No estoy seguro cuántos años fueron, pero creo que casi un par de décadas las que mi abuela paterna trabajó para el actor James Stewart, organizando recepciones y cocinando a invitados de la talla de Harrison Ford o el ex presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan y su esposa. (se dice que Nancy y ella intercambiaban recetas).

“Ciliaa… ciilliiaaaa”, se escuchaba resonar en las dependencias de la casa de Beverly Hills cuando el señor Stewart necesitaba no sólo el apoyo culinario de Cecilia Dapper, sino en consejos tales como surcir un pantalón, por ejemplo. Vivió junto a él hasta un par de años antes de su deceso en Julio de 1997.

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Comida casera. Sencilla, pero de calidad, fue lo que cautivó además de los paladares de Gloria y James, de quienes ocuparon también un lugar en su mesa. Donde la cocinera dejó siempre un presente hecho a mano por ella, en cada puesto.

Sin duda había magia en aquello.

Isla Negra.

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Nunca me gustó la poesía. Debe ser porque la primera vez que escuché a la Mistral o a Neruda, sentí terror y rechazo a esas voces salidas como de ultratumba. Sin embargo mi naturaleza nomade, de gitano, patiperro… me llevó a conocer además de la tierra de la poetiza, una de las casas del Poeta. Isla Negra. Allí recorrí sus rincones, dentro y fuera. Su habitación tan especialmente orientada hacia el norponiente. Sus dependencias llenas de colecciones; botellas, caracolas, mascarones de proa. Sólo al final del día me senté tranquilo a digerir mi aventura y saboreando un congrio con salsa de machas, supe por qué Don Pablo fue un gran sibarita enamorado de lo que el mar depositaba en su mesa.

En aquella casa se hicieron grandes fiestas… “en las que lo que aportaban los amigos era determinante”. (según dejan entrever algunos fragmentos leídos en “A la mesa con Neruda”).

“Se comía muy simplemente; abundaba el arroz graneado, las papas hervidas, todo tipo de ensaladas de la temporada, alcachofas, frutas y siempre muchas marraquetas que se ponían sin cortar sobre la mesa. (…) frecuentemente se comía carne mechada, estofado de vacuno, pollos asados, a veces longanizas chillanejas que le mandaban del sur a Pablo, y muy habitualmente empanadas de horno. De postre se servía fruta, dulce de membrillo, que a la hormiga le recordaba el dulce de guayaba, y a menudo huesillos con mote”.

Recomendado absolutamente. Visita obligada, cargada de satisfacciones para quien se atreva.

Caleta Portales.

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“Pescaaaaaddoooo freeesccooooo..!
mariscos le tengo caseeeeeroooo…”

…(es que esto de vivir cerca del puerto lo obliga a uno a dirigirse a él cuando de preparar algún cocimiento se trata).
Hay de todo. Congrio, pescada, reineta, toyo (por unas monedas te los dan fileteados) Choros, choritos, cholgas, machas, almejas, camarones de “grueso calibre”, piures regordetes, erizos, cangrejos tratando de darse a la fuga… en fin, una marejada de productos esperando ser puestos en tu mesa en compañía de algún frutoso y seco vino blanco, bien frío.. como las aguas del Pacífico.
Los invito a no perderse de esto.
Entre Valparaiso y Viña del Mar se encuentra este tradicional punto de encuentro de turistas, gourmets y cocineros; dispuestos todos a darse una buena sobredosis de yodo y llenar a full sus estómagos.